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Este es quizás el tema más importante de nuestros tiempos. Con el objetivo de contener la actual crisis ambiental se han establecido los Objetivos de Desarrollo Sostenible y los Acuerdos de París, sobre las metas mínimas para evitar una catástrofe ambiental irreversible. El Acuerdo de Paris establece que para 2050 debe alcanzarse un aumento de temperatura menor a los 1.5 grados centígrados, para evitar cruzar esa barrera. Dentro de esta agenda, hay dos áreas de enfoque primordiales: la descarbonización de la energía y los combustibles, y la transformación de la industria alimentaria. Sólo esta última ocasiona un cuarto del total de las emisiones de CO2 del mundo, consume el 70% del agua dulce del planeta, y el 50% de la masa de tierra. Es la responsable de la mayor cantidad de pérdidas de biodiversidad, y la 6ta extinción en masa de especies: desde polinizadores e insectos, microbios, hasta todo tipo de predadores. La transformación del sistema agrícola del mayor emisor de CO2 al mayor captador de CO2 es imperante. Y no sólo captarlos, sino lograr mantener estos depósitos de carbono en ecosistemas naturales. Mientras el enfoque de los esfuerzos no se concentre en optimizar la producción, distribución y consumo de alimentos, los esfuerzos para salvar al planeta serán insuficientes. 

La optimización no necesariamente significa precios más bajos, o aumento de la producción. Se trata de una revolución del consumo, desde el individuo hasta la institucional y el privado. De un mejor aprovechamiento de los alimentos y la disminución de desperdicios, además de la inclusión e incremento de ingresos de los pequeños productores.

 

La industria alimentaria desempeña un rol crucial no sólo en el medio ambiente sino en la lucha contra la pobreza y la desigualdad. En África, por ejemplo, el 80% de la población obtiene el sustento de vida de actividades agrícolas. Hay que empezar a entender que las condiciones de vida de los pequeños productores, son el catalizador de la disminución del cambio climático. Tomando en cuenta además, que África es uno de los continentes que más población albergará en los próximos 30 años, y posee varios de los ecosistemas que se verán mayormente afectados por el cambio climático.

Otra de las problemáticas recientemente vinculada con el deterioro del medio ambiente, y a su vez con la industria alimentaria, es la salud pública. En los últimos años, médicos y científicos se han atrevido a declarar abiertamente la recurrencia de patrones similares en el aumento de la pérdida de biodiversidad, emisiones de CO2, deforestación y contaminación de fuentes hídricas con el incremento de enfermedades relacionadas con la obesidad, mal nutrición y resistencia a los antibióticos. Para finales de 2018, la mitad de la población del mundo padecía obesidad o desnutrición. Esto significa que mientras en el mundo hay 2 billones de personas desnutridas, la obesidad es la mayor causa de muerte, superando al alcohol, enfermedades de transmisión sexual y tabaco juntos.

Estamos cambiando las condiciones del planeta que nos han permitido construir la sociedad moderna en la que vivimos

A partir de la revolución agrícola se fundaron las primeras civilizaciones humanas, cuando ésta transformó los grupos humanos de nómadas en sedentarios. A pesar de ser el sistema colectivo más antiguo, el sistema agrícola continúa siendo uno de los menos disruptivos, con un atraso de aproximadamente 30 años de la industria energética. Esto significa una gran oportunidad para que la innovación y tecnología impulsen una revolución; permitiendo abordar todas las problemáticas desde soluciones transversales. Optimizar y disminuir el uso de recursos y el consumismo, aumentar los ingresos y mejorar las condiciones de vida de los pequeños productores y mejorar la salud de millones de personas.

 

FOOD WASTE AND LOST:

Soluciones alcanzables para optimizar recursos

 

Una de las alternativas que a simple vista podríamos haber abordado hace décadas es el desperdicio y la pérdida de alimentos: 8% de las emisiones totales de CO2 provienen de la producción de alimentos que ni siquiera consumimos. Y si se agruparan, en total sumarían la misma cantidad del tercer país mayor emisor de CO2 del mundo. En Estados Unidos, por ejemplo, el agricultor promedio tiene un excedente de pérdida de entre el 20 y el 30% de la producción total. La producción de estos desperdicios utiliza el 9% del total de la masa de tierra y el 20% del total del agua dulce. 

 

¿Cómo podemos incidir en toda la cadena alimenticia de una manera eficiente y urgente?

 

En los escenarios planteados por el panel de 37 científicos de más de 16 diferentes países para solucionar esta problemática, ninguna solución es absoluta y ningún enfoque puede ser aislado. Se necesita coerción para lograr implementar una estrategia global que incluya pequeños y grandes productores, comunidades locales, cadenas de distribución, industrias de transformación, gobiernos, instituciones públicas y consumidores. Una estrategia holística permitirá no sólo salvar el planeta sino millones de vidas al año. Aprender a priorizar los dilemas de cada pequeño productor dentro de esta agenda desde una visión horizontal. Garantizar que pueda pagar cambiar a cultivos más sostenibles, o que pueda elegir comprar productos más nutritivos para sus hijos, o incluso garantizar que tiene acceso a este tipo de alimentos.

SALUD Y ALIMENTOS: 

Si no adoptamos un programa de dietas sanas tenemos pocas posibilidades de entrar en un escenario seguro y sostenible para el planeta.

Una transición radical de las dietas y hábitos alimenticios podría salvar 10 millones de vidas anualmente en la próxima década. La evidencia científica sostiene que estas dietas deben caracterizarse por la disminución del consumo de carne, aumento de semillas, frutas y vegetales, lo que también significa disminuir la producción de algunas industrias ya saturadas e incentivar nuevas, promoviendo el consumo de productos locales y de temporada.

 

¿Cómo transformar los hábitos de consumo global?

 

No hay salidas fáciles, deben tomarse medidas de sensibilización a nivel local, entendiendo las particularidades de cada lugar y su cultura. En muchas partes del mundo hay una profunda desconexión en la relación con la comida. Va desde el desconocimiento de los procesos productivos, origen y recorrido de los alimentos, hasta la discriminación y estigma con los agricultores. En Estados Unidos, por ejemplo, el trabajo en el campo es considerado para adultos mayores, los jóvenes aún no lo perciben como una actividad de desarrollo y alto potencial profesional. Este pensamiento se repite en muchos otros países, agravado por las difíciles condiciones en las que vive la población en zonas rurales, tal es el caso de Colombia.

 La reconexión con los alimentos, puede ser el denominador común para empezar a cambiar nuestros patrones de consumo. No sólo a dietas más balanceadas sino a dietas más austeras, con sólo las cantidades necesarias. Transformar la creencia de exceso como símbolo de bienestar, y entenderlo como causante de la enfermedad. Alimentar a la población creciente con una dieta sana dentro de límites seguros para el planeta es posible y mejorará la salud y el bienestar de millones de personas, mientras nos da la posibilidad de heredarle un planeta habitable a la siguientes generaciones.

 

LA REALIDAD:

Nuestras acciones no han sido lo suficientemente eficientes, a pesar de los recientes esfuerzos políticos por orientar el sector privado hacia los OBS, aún no existe una legislación obligatoria y no negociable para todos los sectores involucrados. Las reformas legislativas necesarias aún se encuentran en una etapa muy temprana mientras el deterioro ambiental avanza a pasos agigantados. Intereses individuales y privados han nublado la capacidad imparcial de nuestros legisladores. Y así mismo, su incapacidad de contrarrestar una problemática económica y social mucho más profunda, que ha permitido el desarrollo y crecimiento de la humanidad moderna: el capitalismo. Es en esta crisis ambiental, donde empezamos a cuestionarnos si el crecimiento es realmente ilimitado cuando los recursos naturales no lo son.

Nuestras decisiones como consumidores, aunque limitadas, nos conceden la oportunidad de cuestionar seriamente el impacto de las empresas que elegimos. Nuestros hábitos de consumo pueden tener incluso un poder mayor que el de ejercer el derecho al voto, especialmente en democracias débiles que difícilmente protejan el patrimonio natural sobre intereses económicos. ¿Está realmente relacionado el bienestar a un consumo irresponsable e innecesario? Y si no es así, ¿Cómo y cuándo definimos nuestros límites?, ¿Encontrar un segundo uso para los desechos o evitar generarlos en primer lugar?, ¿Trabajar más para comprar más o disminuir nuestro consumo? Cuestionarnos de dónde hemos construido la concepción de bienestar es crucial para comenzar a modificar nuestras dietas. Exigir a las empresas a las que consumimos mayor transparencia, información verídica, mayor ética en la publicidad, es un derecho que debemos empezar a explotar como consumidores. 

Según el Banco Mundial cada año se destinan 570 billones de dólares a subsidios agrícolas, los fondos disponibles para agricultura y nutrición han aumentado de 40 a 440 desde 2005; y sin embargo una buena parte se destina a intereses incorrectos, como la industria de fertilizantes o empresas que sobreexplotan los suelos y las aguas subterráneas. Estos fondos deben re-alocarse en las zonas donde realmente contribuyen a transformar el sistema alimentario en uno más sostenible y menos injusto. Y la única alternativa que tenemos como consumidores, es la de tomar decisiones más conscientes y responsables.

El deterioro del medio ambiente ha alcanzado un punto crítico, se han perdido casi todos los corales tropicales y gran parte del océano ártico. Nos esperan veranos sin hielo en las próximas décadas.